No existe familia perfecta

11954616_10153480900770295_887740768133264278_nFuente: este post escrito en “padres facilisimo.com” proviene de “un minuto en nuestras vidas”,, donde puedes consultar el contenido original.

“No existe familia perfecta. No tenemos padres perfectos, no somos perfectos, no nos casamos con una persona perfecta ni tenemos hijos perfectos. Tenemos quejas de unos a otros. Nos decepcionamos los unos a los otros. Por lo tanto, no existe un matrimonio saludable ni familia saludable sin el ejercicio del perdón. El perdón es vital para nuestra salud emocional y sobrevivencia espiritual. Sin perdón la familia se convierte en un escenario de conflictos y un bastión de agravios. Sin el perdón la familia se enferma. El perdón es la esterilización del alma, la limpieza de la mente y la liberación del corazón. Quien no perdona no tiene paz del alma ni comunión con Dios. El dolor es un veneno que intoxica y mata. Guardar una herida del corazón es un gesto autodestructivo. Es autofagia. Quien no perdona enferma físicamente, emocionalmente y espiritualmente. Es por eso que la família tiene que ser un lugar de vida y no de muerte; territorio de curación y no de enfermedad; etapa de perdón y no de culpa. El perdón trae alegría donde un dolor produjo tristeza; y curación, donde el dolor ha causado enfermedad.

No es una reflexión mía, ni mucho menos, si no del Papa Francisco y que comparto al cien por cien. Hoy en día en que algunos se dedican a despreciar la familia, en el que existen muchas familias desestructuradas, en el que existe una tendencia al individualismo, en el que las familias cada día son más pequeñas y están más alejadas, no sólo físicamente sino emocionalmente. Hoy, que existe esa tendencia a creernos perfectos y despreciar lo demás. Hoy, que nos vanagloriamos y alardeamos de nuestro universo perfecto.

Hoy, más que nunca, quiero decir que mi familia no es perfecta, en casa ninguno somos perfectos, todos tenemos nuestros más y nuestros menos, y hay discusiones y cabreos y gritos y disgustos, pero al final siempre llega el perdón. Y con él la alegría donde antes había tristeza y amargura.

Mis padres no son perfectos, mis hijos no son perfectos (aunque como madre es lo más cercano a la perfección que existe jejejejee), el padre de las criaturas tampoco es la perfección y yo ni muchísimo menos. Soy consciente que como hija alguna que otra vez he decepcionado a mis padres, sí, sé que he hecho cosas que no les hubiera gustado que hiciera, que les ha disgustado, pero no me lo han reprochado siempre, alguna vez sí, cuando me pasaba un poquito de la raya, pero siempre me han perdonado y siempre siempre han estado ahí, y ahí sé que les tengo y les tendré siempre. Claro que ha habido disgustos, broncas y gritos, y lloros… pero siempre ha llegado el perdón. Y por eso siempre han estado, están y estarán ahí.

Mi familia es grande, no sólo en número, sino lo más importante, en calidad. Y no me refiero sólo a los cinco de casa, sino a la gran familia que somos todos. Nos sabemos unidos. No sólo nos vemos el día de Navidad en una comida en la que se puede fingir el buenrollismo, como ocurre en tantas y tantas familias, no. Un día me dijo mi suegra “que gusto veros a todos siempre tan unidos”, tanto a mis hijos como sobrinos les encanta juntarse. La verdad es que necesitamos muy poco y casi ninguna disculpa para juntarnos todos en alguna casa y disfrutarlo.

Recuerdo con nostalgia, aquellas Navidades en las que nos reuníamos toda la familia en torno a los abuelos, por parte de mi madre eran ocho hermanos todos con sus respectivos, aquello era una locura de gente, grandes y pequeños por todos los lados, niños, adultos, y el recuerdo que tengo es el de las risas, el de algún que otro “gruñido” de mi abuelo porque los niños nos dedicábamos a brincar por encima de él, pero sobre todo risas y armonía alrededor de aquella mesa gigante que salía de unir un montón de mesa. También los días cuando venía mi tío que vivía en el sur y era como si volviese a ser Navidad, las excursiones que siempre terminaban alrededor de una mesa en algún merendero con los niños haciendo el cabra.

Y desde luego no es una familia perfecta, seguro que aunque a mí como niña me pareciese que sí lo era, también tendrían sus más y sus menos, pero estaban ahí.

Cada día vemos a nuestro alrededor, gente que alardea de ser familia perfecta que vive en un mundo perfecto, siempre pienso que viven en una realidad paralela y eso no existe. Suelen ser microfamilias, no tienen relación con sus padres ni hermanos, tan sólo alguna llamada o whatsapp de vez en cuando y en Navidad un día una comida, en la que estar el mínimo tiempo posible y así ya “cumplir” hasta el próximo año. Generalmente es porque hay rencores entre hermanos, cuñados, incluso con los propios padres porque “siempre se ponen de la otra parte” y no se hablan los problemas y estos se empozoñan y como el veneno poco a poco va debilitando la relación hasta que queda reducida a la mínima expresión.

Y ahora que he terminado de escribir esta entrada un poco coñazo, voy a llamar a mi madre, que a estas horas ya estará pensando si me he olvidado de ella, ainsss lo que tiene ser hija única….

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